19 enero 2011

Ufff, desahogo

Bueno, al fin terminó la prueba de lenguaje.
Era lo que más esperaba y más quería y no sé...como que me desinflé con el paso del semestre.
ya, da igual.
Ahora quiero escribir, escribir y escribir!

a ver....
qué historia puedo contar?
....

Recuerdo una de las tantas frías tardes invernales, de aquellas que quedan para siempre en un pequeño libro que guardo bajo mi escritorio, una de las tantas que podrían hacerse películas de ficción y son totalmente reales....
Abría la reja de mi antigua casa, que hace poco estuvo en alquiler, para sorprenderme con el vidrio roto de la fachada, para no cerrar la boca con el agujero hecho en el cielo del living, y para terminar llorando con la huella marcada en la pared de una desaparecida escalera.Mi madre, con la emoción a flor de rostro, se contuvo (yo no pude hacerlo a pesar de que creo que a ella le ha dolido más ver su casa así)
Es quinta vez que sucede esto después de arrendar la casa, pero aún así, no deja de tirar mi ánimo al piso.
Si, son muchas las cosas las que le han pasado a mi "casa vieja": desde el destrozo de las paredes de las habitaciones del segundo piso, el robo de las piezas del baño, el rayado de los muros, hasta el pipí de gato dejado intencionalmente. Pero ninguna de ellas, me causó la aflicción de no ver la escalera puesta en su lugar.
Habíamos entrado con los Carabineros, y hasta ellos se quedaron boquiabiertos. En todo caso, no fue mucho el trabajo que hicieron aparte de bajarse del auto y volver a él. Así que no ahondaré en ellos.
Al fin que pasados unos cinco minutos en que los señores de la ley se fueron, llegó en involucrado en esto de la "escalera profuga" y hete aquí otra historia....

Érase una vez, un joven estudiante que necesitaba trabajar para pagarse los estudios de contador, así que se puso en marcha y encontró finalmente uno en una institución pública. Su vida fue feliz, ganaba buen sueldo, del que podría servirse bien para cumplir su fin y darse algunos gustos más. Como todo buen estudiante, se tituló de contador y la billetera se le empezó a hinchar y a hinchar hasta que encontró un novio. Felizmente, tenía una compañera de trabajo que alquilaba su casa, así que con monos, petacas y pololo se fue a vivir a ella.
Pero la historia era demasiado feliz por lo que parecía, tan feliz que de todas formas terminó arruinandose...era un maricón agresivo y violentador... 

No sé que habrá pasado para que el pololo del arrendatario del joven botara lo que era MI CASA en la infancia...