04 septiembre 2014

Se me acercó con trago y me tomó del brazo. Me llevó a caminar por las calles oscuras de la ciudad donde nadie más que nosotros paseaba. Me detuvo en cada esquina y me contaba chistes hasta llegar a su casa. Su mirada desviada, una sonrisita dulce me invitaron a abrazarlo. Yo no lo quería y el tampoco a mí, pero ese calor mágico en el vientre...

Bailamos.

Entonces tomé su cabello entre mi dedos y dormité en su pecho. Comprendía que ya había llegado hasta su habitación, que había cuidado de él y que no podía despegar su olor de mi nariz en ningún momento.  Le negué mi cuerpo, y aún así lo deshojó. Nos seguimos emborrachando de alcohol y romance.  Ya no había vuelta atrás ni por donde escaparme.

Acariciamos cada parte de nuestro cuerpo, entre las risas y el hálito caliente, sus manos recorrían mis pechos como las cuerdas de un contrabajo. Tan finamente, tan agresivamente. Los vellos de su ombligo me indicaban un camino peligroso y se reía tanto que tuve que hacerlo callar. No quería escuchar su risa, quería sentir la respiración. Nunca sentí la cama, más me llenaban sus besos. No podía cerrar los ojos, el espectáculo me extasiaba. No sé cuantas veces morimos en el intento. La noche se hizo día y él no se detenía. No sé que tenía conmigo, si prácticamente no le dije palabra alguna. Parece que conocía mi tacto y quería volverse loco. Pero yo no hice nada, solo le enseñe mi interior hirviendo.

"No recordó nada", o tal vez quiso olvidarlo. Yo lo recuerdo todo, y se me enciende el alma.
Los días pasan, obviamente no hay amor, sólo se esconde el deseo.

Su novia a su lado, me pregunta el clima. Mi novio al otro, le ofrece un trago. Él y yo nos negamos los suspiros, las miradas, el calor. Estoy cagada por dentro, pero me alegro de verlo, sin saber por qué. Una noche lo amé y bailamos hasta que nos cansamos del mismo cansancio. Sus dedos enredados en los míos tiernamente son un recuerdo, una caricia. Algo que anhelo volver a vivir. Estar entre sus piernas, entre sus brazos, dentro de su alma, sentirme un suave instrumento entre sus dedos.

Le ruego a dios no estar sola con él de nuevo, que no baile conmigo, que no toque canciones. Que no se ría y no volver a beber su elixir.